La campaña DMOCRACIA, lanzada desde el Gobierno para intentar que los jóvenes se acerquen a los procesos democráticos, ha irrumpido en redes sociales con una intensidad que nadie parecía tener en el radar.
La idea era sencilla: varios creadores digitales publicaban, casi al mismo tiempo, vídeos cortos y mensajes directos con un tono cercano, pensado para una audiencia que consume todo a golpe de scroll. Sin embargo, lo que empezó como una acción coordinada terminó convirtiéndose en uno de esos temas que se apoderan de la conversación pública sin pedir permiso. La presencia de perfiles tan reconocibles como Marina Rivers ayudó a que la discusión se extendiera más allá del público habitual y alcanzara a usuarios que, en principio, no estaban interesados en la campaña.
En apenas unas horas, los vídeos estaban por todas partes. Y con ellos, las críticas. Algunos usuarios cuestionaron el enfoque, otros la estética, y otros simplemente no entendieron el propósito. El ruido aumentó cuando varios creadores decidieron desmarcarse públicamente, explicando que no compartían el planteamiento o que no se sentían cómodos con la gestión de la iniciativa. Ese gesto, lejos de calmar el ambiente, lo agitó todavía más. De repente, la campaña ya no era solo una acción institucional: era un fenómeno social.
Aun con la polémica, los datos son contundentes. La campaña superó los cuatro millones de visualizaciones y alcanzó a unas 600.000 personas, la mayoría menores de 35 años. Es decir, justo el público al que se pretendía llegar. El episodio vuelve a poner sobre la mesa algo que ya se intuía desde hace tiempo: cuando los creadores digitales se movilizan, el mensaje corre rápido y se instala en el debate, incluso cuando genera división.
El auge del marketing de influencia no es casual. En España, la inversión en este tipo de acciones creció un 59% en 2024, hasta situarse en 125,9 millones de euros, según IAB Spain. Las generaciones más jóvenes conviven a diario con estos perfiles: siete de cada diez integrantes de la generación Z siguen a creadores digitales, y entre la generación Alpha el porcentaje es aún mayor.
Para las marcas, esta realidad abre una puerta que la publicidad tradicional no siempre consigue cruzar. Un vídeo mostrando cómo funciona un negocio, una visita espontánea a un establecimiento o una recomendación sincera pueden generar un impacto inmediato. La naturalidad del formato y la familiaridad del creador actúan como un puente entre la marca y el consumidor.
El sector de la franquicia ha empezado a incorporar esta herramienta dentro de sus estrategias de comunicación. Restauración, estética, fitness, formación, retail o servicios al consumidor recurren cada vez más a los creadores digitales para mostrar su propuesta de valor, comunicar aperturas o presentar nuevos productos.
Para redes con presencia en distintas ciudades, el marketing de influencia ofrece una ventaja clara: permite generar visibilidad nacional y, al mismo tiempo, dirigir tráfico hacia establecimientos concretos. Una colaboración bien planteada puede reforzar tanto la marca como cada unidad franquiciada.
En las aperturas de nuevos locales, los microinfluencers suelen ser especialmente útiles. Sus comunidades, más pequeñas pero también más participativas, permiten comunicar una inauguración, atraer las primeras visitas y generar contenido sobre la experiencia que ofrece la marca.
En estos casos, la afinidad entre el creador, el territorio y el concepto de negocio pesa más que el número de seguidores.
La campaña DMOCRACIA, lanzada por el Gobierno para fomentar la participación juvenil, ha generado un fuerte impacto en redes sociales gracias a la intervención de creadores digitales como Marina Rivers. El revuelo y la viralidad alcanzada evidencian el peso del marketing de influencia en la conversación pública y su capacidad para movilizar audiencias jóvenes. Este fenómeno abre nuevas oportunidades para las franquicias, que ya integran a los creadores en sus estrategias de comunicación y crecimiento.
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