27/05/26

Un país sin confianza no avanza: la reflexión de Eduardo Tormo

Eduardo Tormo  necesitamos recuperar la confianza

En este artículo de opinión, Eduardo Tormo, fundador de Tormo Franquicias Consulting, analiza cómo la pérdida de confianza institucional está frenando la inversión, la iniciativa empresarial y el desarrollo del sector franquicia.

En esta columna, Eduardo Tormo, fundador de Tormo Franquicias Consulting, reflexiona sobre un aspecto que, aunque trasciende el ámbito de la franquicia, afecta de lleno a la actividad empresarial: la pérdida de confianza institucional y su impacto en la economía real.

Necesitamos recuperar la confianza, por Eduardo Tormo

Hoy no voy a escribir sobre franquicia, aunque todo lo que viene a continuación tiene mucho que ver con la franquicia, con las empresas y con los negocios.

No me gusta escribir sobre política. De hecho no voy a hacerlo aunque pueda parecerlo. Nunca ha sido mi terreno preferido ni creo que deba convertirse en el centro de todas las conversaciones. Pero hay momentos en los que callar también es una forma de aceptar lo que ocurre. Y hoy considero necesario expresarme con claridad y exponer lo que vengo pensando desde hace mucho tiempo.

Me refiero a quienes tienen la responsabilidad de gobernar. A quienes deberían actuar con sentido institucional, con independencia de la política de partido y con plena conciencia de las obligaciones que representa su cargo. Me refiero, en concreto, a los ministros. Son para mí los auténticos responsables de la pérdida de confianza empresarial. Por qué muchos de los problemas que tenemos y que vendrán, son consecuencia de la falta de responsabilidad de cada uno de ellos en sus respectivas áreas de gobernanza.

Los ministros están para gobernar. Están para representar al conjunto de los ciudadanos, para tomar decisiones, para ordenar prioridades, para dar estabilidad y para actuar con sentido de Estado. No están para convertirse en voceros de partido, ni para actuar como portavoces de una estrategia electoral permanente, ni para aplaudir consignas que poco tienen que ver con las necesidades reales de las personas, de las empresas y del país. Están para gestionar sus respectivas áreas de responsabilidad.

El verdadero problema: la pérdida de confianza

El peor mal que afecta hoy a la economía española no es únicamente la presión fiscal, la inflación acumulada, el coste de la financiación, la burocracia o la inseguridad regulatoria. Todo eso pesa, por supuesto. Pero hay algo más profundo: la pérdida de confianza. La economía se sostiene sobre datos, sí, pero también sobre expectativas, ánimo, credibilidad y ejemplaridad.

Y cuando quienes deben gobernar no transmiten seriedad, cuando las instituciones parecen más preocupadas por la confrontación que por la gestión, cuando el debate público se degrada y cuando la política se convierte en una sucesión de gestos, ataques y propaganda, el país entero lo percibe.

Lo perciben los empresarios. Lo perciben los inversores. Lo perciben los autónomos. Lo perciben quienes tienen que decidir si abrir un nuevo negocio, contratar a más personas, ampliar una fábrica, franquiciar su empresa, invertir sus ahorros o simplemente resistir un año más.

Siempre se ha dicho en los ámbitos económicos que la moral es fundamental para acometer proyectos. No me refiero solo a la moral ética, que también, sino a la moral entendida como ánimo colectivo, como confianza en el futuro, como sensación de que merece la pena esforzarse porque existe un horizonte razonable.

¿Y cuál es hoy la moral del empresario medio? ¿Cuál es la esperanza de quien arriesga su patrimonio? ¿Cuál es la ilusión de quien trabaja doce horas al día para mantener una empresa, pagar nóminas, cumplir obligaciones y seguir adelante?

Cómo afecta la desconfianza al tejido empresarial

Todo esto se nota. Claro que se nota.

Se nota en la inversión que se retrasa. Se nota en las decisiones que se aplazan. Se nota en los proyectos que no se inician. Se nota en la prudencia excesiva de quienes antes asumían riesgos. Se nota en la conversación diaria de los empresarios, en las reuniones, en las dudas, en la sensación de que cada paso exige más esfuerzo y ofrece menos seguridad.

La confianza empresarial se resiente. Más allá de cualquier dato concreto, lo relevante es lo que refleja: una parte importante del tejido empresarial vive instalada en la cautela, no por falta de capacidad, sino por falta de certezas.

Un país no se mueve solo con decretos. Se mueve con confianza. Con estabilidad. Con respeto institucional. Con normas claras. Con gobernantes que entienden que la empresa no es el enemigo, sino una parte esencial de la prosperidad colectiva.

Como personas, como empresarios y como inversores, estamos en mínimos de confianza. Y lo más grave no es estar en mínimos. Lo más grave es haber dejado de esperar algo distinto.

España tiene talento. Tiene empresarios. Tiene trabajadores. Tiene sectores competitivos. Tiene marcas, pymes, familias empresarias y emprendedores capaces de construir mucho más de lo que hoy se les permite imaginar. Pero para que un país avance necesita una dirección seria. Necesita ejemplaridad. Necesita gobernantes que gobiernen para todos y no solo para los suyos.

Gobernar no es ocupar un cargo. Gobernar no es hablar más alto. Gobernar no es convertir cada intervención pública en un acto de partido. Gobernar es dar ejemplo. Es ser ejemplarizante. Es tomar decisiones difíciles. Es generar confianza. Es proteger el interés general. Es estar a la altura del país al que se representa.

Y esa es, probablemente, una de las grandes carencias de nuestro tiempo.

No escribo estas líneas desde la resignación, sino desde la preocupación. Porque quienes llevamos décadas trabajando como empresarios y con empresarios sabemos que la economía real no se construye desde los discursos, sino desde la confianza. Y cuando esa confianza se rompe, todo cuesta más: invertir, crecer, contratar, emprender y creer.

Y el sector franquicia no es ajeno a ello. Cuando los empresarios, los emprendedores, los autónomos y los inversores se retraen, un país deja de avanzar, porque disminuye la actividad, se frena la iniciativa y se debilita la economía real.

España necesita recuperar la moral. Necesita recuperar el respeto por sus instituciones. Necesita recuperar la ejemplaridad pública. Y, sobre todo, necesita volver a tener gobernantes que entiendan que su responsabilidad no es servir a un partido, sea el que sea, sino servir a un país.


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